Sensatez y Sensibilidad: El amor también puede ser un poco ridículo

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Hay algo curioso en las historias románticas de época: cuando se toman demasiado en serio, pueden llegar a parecer una parodia de sí mismas. Las miradas que duran una eternidad, los silencios cargados de significado, los sentimientos que no pueden expresarse abiertamente y los personajes que parecen capaces de sufrir toda una vida por un malentendido. Sense and Sensibility (2026), la nueva adaptación de la novela de Jane Austen dirigida por Georgia Oakley, tiene momentos en los que parece estar peligrosamente cerca de esa frontera. Sin embargo, también demuestra que todavía hay algo profundamente encantador en el romanticismo clásico.

La historia sigue a las hermanas Elinor y Marianne Dashwood, quienes, después de la muerte de su padre, deben enfrentarse a una situación económica precaria y a las limitaciones sociales impuestas a las mujeres de su época. Mientras Elinor intenta mantener sus emociones bajo control, Marianne vive sus sentimientos con una intensidad que difícilmente puede disimular. Ambas emprenden caminos distintos en su búsqueda del amor, aunque sus experiencias terminan revelando que ni la razón puede protegernos siempre del sufrimiento ni la pasión garantiza que tomemos las mejores decisiones.

Uno de los mayores aciertos de esta adaptación es que entiende que el corazón de la historia no está únicamente en sus romances, sino también en la relación entre las hermanas. Elinor y Marianne representan maneras distintas de enfrentarse al mundo, y sus diferencias permiten explorar las contradicciones de enamorarse, guardar silencio, dejarse llevar y aprender a vivir con la incertidumbre. En una historia donde las convenciones sociales parecen dictar hasta la forma en que deben expresarse los sentimientos, esa relación funciona como un refugio emocional y le da a la película una dimensión que va más allá de encontrar a la pareja ideal.

Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles son fundamentales para que todo esto funcione. Edgar-Jones construye a una Elinor contenida, cuya aparente serenidad deja entrever una vida emocional mucho más compleja de lo que está dispuesta a mostrar. Creed-Miles, por su parte, aporta a Marianne una energía más impulsiva y expresiva, haciendo que sus emociones se conviertan tanto en una virtud como en una fuente de conflictos. El contraste entre ambas actrices le da dinamismo a la historia y evita que sus protagonistas se sientan como simples representaciones de la razón y la sensibilidad que anuncia el título.

Pero el encanto de la película no se limita a sus protagonistas. Buena parte de su frescura proviene de las actuaciones de reparto y de la manera en que el humor aparece en situaciones que, sobre el papel, podrían resultar excesivamente solemnes. Fiona Shaw, en particular, aporta una energía que ayuda a aligerar el drama y a recordar que las convenciones sociales de la época también podían producir situaciones absurdas. Es precisamente en esos momentos cuando la película encuentra una voz propia: no necesita abandonar el romanticismo para permitirse cierta irreverencia.

Y es aquí donde aparece una de sus contradicciones más interesantes. Hay escenas que parecen sacadas de esas parodias de películas románticas que vemos dentro de otras películas: personajes que intercambian miradas intensas, declaraciones que parecen ensayadas para la posteridad y emociones que alcanzan dimensiones casi desproporcionadas. Por momentos, cuesta decidir si la película está invitándonos a reírnos de los códigos del romance clásico o si simplemente está reproduciéndolos con absoluta sinceridad.

Sin embargo, no creo que eso termine siendo un defecto insalvable. De hecho, parte de su atractivo está en aceptar esa teatralidad sin intentar modernizarla a toda costa. La película no parece avergonzarse de sus sentimientos ni necesita convertir el romance en algo cínico para resultar entretenida. Su humor surge principalmente de las interpretaciones, de las personalidades tan distintas de sus personajes y de las situaciones sociales en las que se ven atrapados. Hay algo refrescante en una propuesta que permite que sus personajes sean ridículos, intensos y vulnerables sin dejar de tratarlos con cariño.

La dirección de Georgia Oakley también apuesta por recuperar la dimensión emocional de la obra de Austen, aunque el resultado no siempre mantiene el mismo ritmo. Con aproximadamente 132 minutos de duración, la película se siente un poco larga. Su ritmo pausado puede favorecer los momentos de contemplación y las emociones que se esconden detrás de los diálogos, pero también hay pasajes en los que la historia pierde impulso y parece prolongar situaciones que ya han expresado lo necesario. No todo el melodrama tiene la misma fuerza, y algunas escenas terminan dependiendo más de la paciencia del espectador que de su capacidad para profundizar en los personajes.

Aun así, la película consigue sostenerse gracias a su reparto y a la calidez con la que aborda las experiencias de sus protagonistas. La historia no necesita reinventar por completo el material original para encontrar motivos para existir. Su propuesta consiste, más bien, en volver a una historia conocida y confiar en que las emociones que la hicieron perdurar siguen siendo reconocibles. Las expectativas familiares, la inseguridad económica, las apariencias y la presión por encontrar una pareja adecuada pueden pertenecer a otra época, pero las contradicciones que provocan siguen resultando familiares.

Al final, Sense and Sensibility es una buena adaptación que encuentra su mayor virtud en las actuaciones de sus actrices y en el humor que nace de sus personajes. No siempre logra justificar su duración y, en ocasiones, su apego a los códigos del romanticismo clásico la acerca involuntariamente a la parodia. Pero también hay que reconocerle que se atreva a creer en el amor sin ironizar constantemente sobre él. En una época en la que tantas historias románticas parecen necesitar distanciarse de sus propios sentimientos para no resultar cursis, esta película apuesta por hacer exactamente lo contrario.

Quizá no sea la adaptación definitiva de Jane Austen, pero sí una propuesta que consigue sentirse fresca sin renunciar a lo tradicional. Porque, al final, el romanticismo clásico puede ser exagerado, melodramático y hasta un poco ridículo. La diferencia está en encontrar a las actrices capaces de darle vida, humor y sinceridad. Y en eso, esta versión tiene suficientes aciertos para que sus excesos terminen siendo parte de su encanto.

Muchas gracias a Jorge Aceves por la reseña. Sensatez y Sentimiento ya se encuentra en todos los cines de Cinépolis en toda la republica mexicana.

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