Godzilla Minus Zero, el rey de las pantallas

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Godzilla Minus Zero es una auténtica barbaridad visual, nos recuerda que es ver una pelicula en una pantalla grande. Hay momentos en los que la escala de lo que ocurre frente a tus ojos es tan descomunal que cuesta creer lo que estás viendo. Pocas veces he sentido que una película pueda empequeñecer de esa manera a espectáculos como El Señor de los Anillos, Star Wars o más recientemente La Odisea de Nolan. Y no lo digo a la ligera: visualmente y sonoramente, estamos ante una auténtica bestia.

Pero aquí es donde empiezan mis conflictos con esta secuela. Godzilla Minus One me pareció una película prácticamente perfecta, sobre todo por su narrativa. Consiguió algo que el cine de monstruos llevaba mucho tiempo sin lograr de esta manera: utilizar a una criatura gigantesca como eje de la historia sin convertirla en el verdadero protagonista. En su lugar, nos regaló un relato profundamente humano sobre un kamikaze incapaz de reconciliarse consigo mismo, una familia que se forma entre las ruinas y las circunstancias, y un hombre al que acompañamos con el corazón en la garganta. Godzilla era la amenaza, sí, pero el verdadero terror estaba en todo lo que los personajes tenían que perder. Ahí estaba su magia y frescura.

Esta segunda entrega, en cambio, me recuerda un poco a lo que ocurre con Marvel’s Spider-Man y Marvel’s Spider-Man 2, o con The Legend of Zelda: Breath of the Wild y Tears of the Kingdom: secuelas que elevan considerablemente el apartado técnico, amplían las posibilidades y perfeccionan muchísimas cosas, pero que no necesariamente alcanzan la misma profundidad narrativa ni recuperan ese punto tan especial de sus predecesoras. Y, bueno, lo entiendo. Después de lo ocurrido en la primera película, ¿hacia dónde más podía dirigirse la historia? Era evidente que tarde o temprano tendríamos que enfrentarnos a otra amenaza monstruosa. Peeeeeero, chingadazos ya habíamos tenemos con Godzilla vs. Kong. Estos son muchísimo más espectaculares, eso sí. Pero, citando al señor Burns: «¿Dónde está el corazón?»

Porque ese es precisamente el elemento que más extraño. La película tiene momentos capaces de dejarte pegado al asiento, pero también situaciones que parecen existir únicamente para llevar la historia al siguiente punto. Hay reacciones apresuradas, transiciones que se sienten abruptas y decisiones que no terminan de construirse con la naturalidad que uno esperaría. A veces parece que el guion confía demasiado en la intensidad de sus escenas y demasiado poco en el desarrollo que debería sostenerlas. Y cuando vienes de una película que conseguía mantenerte al borde del asiento por el destino de una familia, no solamente por el peligro de una criatura, la diferencia se nota. No es tanto un problema de lo que sucede, sino de cómo se construye el camino para llegar a ello. A veces, la historia parece confiar en que la intensidad del momento será suficiente para que dejemos de hacer preguntas.

También me duele el descenso en el apartado actoral. Es sorprendente que la primera película, con menos recursos y sin el reconocimiento internacional que posteriormente consiguió, lograra un conjunto de interpretaciones secundarias tan convincente. Aquí hay actuaciones que se sienten exageradas, casi al borde de anime, y momentos en los que algunos niños parecen perder la naturalidad de la escena, incluso con miradas que dan la impresión de dirigirse a la cámara. No espero que cada personaje tenga una interpretación memorable, pero sí que el mundo de la película se sienta vivo y creíble. Y eso, curiosamente, era algo que la primera conseguía mucho mejor.

Lo mismo me sucede con ciertos efectos visuales secundarios. Es evidente dónde se concentró buena parte del presupuesto: las criaturas principales lucen espectaculares y su presencia resulta apabullante. Sin embargo, cuando la cámara se detiene en elementos más pequeños, algunos efectos pierden credibilidad. Hay detalles, como los cuervos de la escena del laboratorio, que parecen hechos de plastilina y colocados bajo una iluminación que no termina de integrarlos con el entorno. Quizá parezcan minucias, pero cuando una película te acostumbra a semejante nivel de excelencia, inevitablemente empiezas a notar las costuras.

Y aquí está el problema: si esta hubiera sido mi primera experiencia con esta nueva etapa de Godzilla, probablemente habría salido todavía más maravillado. Pero Godzilla Minus One elevó tanto lo que es una película de Godzilla. No basta con hacer al monstruo más grande, las secuencias más espectaculares o las destrucciones más impresionantes. La primera ya había demostrado que detrás de todo ese caos podía existir una historia íntima, dolorosa y profundamente humana.

A pesar de todo, Godzilla Minus Zero sigue siendo una experiencia cinematográfica extraordinaria, una de las grandes apuestas del año y una película que los fans del Rey de los Monstruos van a disfrutar muchísimo. Salí fascinado por lo que vi, pero queriendo más.

Muchas gracias a Hugo Ulises Sanchez por la reseña. Godzilla Minus Zero ya se encuentra disponible a partir de hoy en todas las salas de Cinépolis de la republica mexicana.

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