Guadalajara vivió la intensidad de Agosto, Condado de Osage

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Agosto, condado de Osage, llegó al Conjunto Santander de Artes Escénicas el 22 octubre con las actuaciones de grandes actores: María Rojo, Arcelia Ramírez y Juan Carlos Colombo.

Una puesta en escena que te integra desde el primer minuto en un mar de sentimiento.

Agosto, condado de Osage, la obra con la que el estadounidense Tracy Letts ganó el Pulitzer en 2008, presenta una casa en las llanuras de Oklahoma, bajo el calor sofocante del verano, en donde cada integrante del clan trae consigo una herida que nadie ha querido mirar y que sobre todo, con dolor, nadie ha querido sanar.

Todo empieza con una escena de ausencia y soledad, en donde Johnna Monevata y Beverly Weston comparten escenario. Johnna una joven que Beverly contrata para cocinar, limpiar y cuidar a su esposa. La joven un personaje que aunque hable poco se vuelve clave. Weston, un padre bebedor de tiempo completo, que despues desaparece sin dejar rastro. Su esposa, Violet, convoca a sus hijas de regreso al hogar. Lo que parece una reunión para buscar respuestas se convierte en un ajuste de cuentas donde los secretos de cada uno salen a la mesa para acompañar la cena. De esta forma la obra se desenvuelve.

En este montaje que dirige Diego del Río, Juan Carlos Colombo encarna a Beverly, el padre de familia en torno al cual se detona la tragedia del drama en escena. Arcelia Ramírez quien interpreta a Barbara, la hija mayor, aporta su conocida intensidad a este universo. Y en el centro del escenario está María Rojo como Violet, uno de los personajes femeninos más representativos del teatro contemporáneo. Violet es una madre enferma, adicta a las pastillas, cruel, pero aun así, dolorosamente humana. Ver la obra en manos de una actriz con la trayectoria de Maria Rojo, quien lleva medio siglo dándole rostro a las mujeres del cine mexicano, es razón suficiente para no perdérsela.

La obra, con duración de casi tres horas, te traslada de la carcajada al nudo en la garganta, del dolor a la compasión, todo en una misma escena, porque el humor negro que en cada reunión intentan usar como alivio o como forma honesta de ser es otra forma de herir. Las adicciones, el abandono, la violencia emocional y las cicatrices que se heredan de padres a hijos se presentan fuertemente, sin tapujos. Ahí está la incomodidad que la vuelve presente y que envuelve a los espectadores: es imposible no reconocer en la cena de los Weston alguna cena incómoda propia. Llevar esta historia a un escenario mexicano tiene algo de espejo. Oklahoma queda lejos, pero una madre que controla con la culpa, las hermanas que compiten por el cariño y el padre que se refugia en el alcohol son figuras que seguramente conocemos de cerca.

Agosto no es una obra para pasar el rato. Es teatro que sacude, que deja tema de reflexión en el regreso a casa y que invita a mirar con otros ojos a quienes nos esperan en la siguiente reunión familiar y para el público tapatío es una cita con el gran drama.

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