Wildwood: El Stop Motion del futuro
No exagero cuando digo que Wildwood es el espectáculo de stop motion más impactante que he visto. Hay una secuencia de batalla que me remitió directamente al Abismo de Helm de El Señor de los Anillos, y no es una comparación que haga a la ligera. La fluidez de los movimientos, la iluminación, la riqueza de las texturas y la escala de sus escenarios conforman una proeza técnica que obliga a replantearse los límites de esta técnica de animación. Si Pinocho, de Guillermo del Toro, ya había puesto la vara muy alta, Wildwood demuestra que todavía hay territorios por explorar. Lo fascinante es que, por momentos, uno deja de pensar en el stop motion como procedimiento y comienza a percibirlo simplemente como cine en su máxima expresión visual.

Detrás de esta ambición está Travis Knight, director de la película e hijo de Phil Knight, cofundador de Nike y figura clave en la adquisición de LAIKA. Sí, el término nepo baby viene inevitablemente a la conversación. Knight tiene una sensibilidad visual innegable y una capacidad para construir atmósferas: sabe cómo convertir un bosque en un territorio de maravilla, amenaza y misterio. Su mérito no está únicamente en disponer de los recursos para hacer algo monumental, sino en saber qué hacer con ellos.
Lamentablemente, donde Wildwood pierde parte de su encanto es en la narrativa. No se trata de exigir originalidad absoluta, a estas alturas, la fantasía se construye también a partir de mitologías, arquetipos y mundos que dialogan entre sí, sino de reconocer cuándo una historia no consigue darles suficiente personalidad a sus referentes. La película evoca aventuras que ya conocemos, desde ciertos ecos de Narnia hasta las estructuras clásicas de los relatos de iniciación, pero su narración se dispersa y termina por diluir su propio impulso. Hay momentos en los que parece más interesada en prolongar su espectáculo visual que en profundizarlo, y esa reiteración vuelve irregular una experiencia que, visualmente, rara vez deja de sorprender.

Sin embargo, sería injusto confundir sus tropiezos narrativos con falta de carácter. Wildwood tiene los pantalones para abordar situaciones emocionalmente duras y sostener una incomodidad que no suele asociarse con la animación fantástica. Su secuencia de tensión inicial es particularmente contundente, y la amenaza que acompaña a uno de sus personajes genera esa sensación perturbadora de estar presenciando algo que desearíamos no tener que ver. En cierto modo, me recordó a Mother!, de Darren Aronofsky: no tanto por una equivalencia argumental, sino por esa capacidad de provocar desasosiego y llevar al espectador a un terreno emocional incómodo. Ya entenderán cuando la vean.

En cuanto a sus personajes, sus motivaciones son claras, aunque aquí esa sencillez tampoco se traduce en merito. No terminé de conectar con la protagonista ni con buena parte de los personajes humanos; me parecieron menos cautivadores que el mundo que habitan. Los animales, en cambio, tienen un encanto particular: despiertan curiosidad, transmiten personalidad y hacen que uno quiera quedarse un poco más en su compañía. No puedo evitar pensar que una historia más centrada en ellos habría tenido una fuerza emocional mucho mayor. A veces, el mundo que rodea a los protagonistas resulta más interesante que los propios protagonistas, y ese es uno de los dilemas de Wildwood.
Con todo, estamos ante una película que merece verse en pantalla grande. Su narrativa puede ser irregular, pero su propuesta visual es tan ambiciosa que resulta difícil ignorar su importancia. Si termina hablándose de un antes y un después para el stop motion, no será únicamente por su virtuosismo técnico, sino por recordarnos que la animación artesanal todavía puede sorprendernos en una época en la que parece que ya lo hemos visto demasiado. Eso sí, no la confundiría con una película infantil convencional: por la crudeza de algunas secuencias y los temas que aborda, considero que funciona mejor para espectadores de 12 años en adelante, dependiendo de su sensibilidad. Wildwood no es una obra redonda, pero sí una de esas películas cuya ambición visual permanece en la memoria incluso después de que sus debilidades narrativas salen a relucir. Y, en ocasiones, presenciar algo que jamás habías visto en pantalla ya es motivo suficiente para celebrar el cine.

Muchas gracias a Hugo Ulises Sanchez por la reseña. Wildwood se puede encontrar salas de Cinépolis en toda la republica mexicana.
