La Isla Olvidada: una aventura sobre crecer, recordar y aprender a soltar
Hay algo particularmente difícil en hacer una película sobre la amistad: hablar de un vínculo tan importante sin caer en frases hechas o sentimentalismo fácil. La isla olvidada se acerca peligrosamente a ese terreno en algunos momentos, pero también encuentra suficientes ideas propias para convertir una aventura fantástica en una historia sorprendentemente emotiva sobre crecer y aceptar que las personas que amamos no siempre pueden permanecer exactamente en el mismo lugar de nuestras vidas.
La premisa tiene un atractivo inmediato. Jo y Raissa son amigas desde la infancia y, justo cuando están a punto de comenzar caminos diferentes, terminan en Nakali, una isla fantástica inspirada en el folclor filipino. El planteamiento incluso tiene algo de “¿Qué pasó ayer?” familiar: personajes intentando reconstruir qué ocurrió durante una noche que no recuerdan completamente, mientras alrededor de ellos aparecen criaturas, peligros y situaciones cada vez más absurdas. La diferencia es que aquí el misterio no gira únicamente alrededor de lo que hicieron, sino de lo que están a punto de perder.

Y esa es una de las mejores decisiones de la película.
La isla funciona como una representación bastante efectiva de esa etapa incómoda en la que crecer significa dejar atrás algunas cosas. Jo y Raissa no solamente buscan regresar a casa; también están intentando descubrir qué sucederá con una amistad que parecía destinada a durar para siempre. La película entiende algo que muchas historias infantiles suelen simplificar: querer a alguien también significa aceptar que esa persona puede tomar un camino diferente.
Su mayor virtud, sin embargo, está en la animación. La isla olvidada no parece particularmente interesada en seguir una única estética y, en lugar de verlo como un defecto, aprovecha esa libertad para construir una experiencia visual muy dinámica. La combinación de diferentes técnicas, texturas y estilos hace que la isla tenga una identidad propia y que las criaturas del folclor filipino se sientan realmente extraordinarias.
Es también donde la película demuestra una ambición que su guion no siempre consigue igualar.
Porque La Isla Olvidada quiere contar muchas cosas al mismo tiempo. Quiere hablar de la amistad, del crecimiento, de la memoria, de la identidad, de la cultura filipina, de las relaciones familiares y de la necesidad de dejar ir. A eso suma criaturas mitológicas, humor, acción, diferentes estilos de animación y una estructura de aventura que avanza a toda velocidad. La mezcla resulta entretenida, pero también provoca que algunos elementos se sientan apenas explorados.

El guion es, probablemente, el aspecto más irregular. La película no intenta reinventar la fórmula de la aventura animada y algunas de sus resoluciones pueden sentirse demasiado convenientes. La historia no busca romper esquemas y su desenlace puede resultar relativamente sencillo.
Pero quizá esa falta de complejidad narrativa no sea necesariamente un problema para el público al que está dirigida. La isla olvidada parece entender que no necesita construir una trama imposible de descifrar para hablar de emociones que sí pueden resultar complejas. Su mayor apuesta no es sorprender con cada giro, sino conseguir que nos importe lo que ocurre con sus protagonistas.
Y ahí entra el doblaje latino.
Esmeralda Soto y Kenia OS debutan en el doblaje cinematográfico como Jo y Raissa, respectivamente. La elección podía haber sido un simple movimiento de marketing, pero la película consigue que sus protagonistas tengan suficiente personalidad para que sus voces formen parte de la experiencia y no simplemente funcionen como un reclamo. Kenia OS, particularmente, consigue integrarse al personaje sin que su presencia como celebridad domine la actuación.

Personalmente, la dupla funciona porque existe una química que resulta fundamental para una historia cuyo centro es precisamente una amistad. Esmeralda Soto aporta espontaneidad y energía a Jo, mientras Kenia OS construye una Raissa más contenida. Esa diferencia ayuda a que la relación entre ambas se sienta complementaria y no como una simple amistad escrita para que la trama avance.
También es interesante que la película no dependa de una relación romántica para hablar de intimidad emocional. Jo y Raissa se quieren profundamente como amigas, y La isla olvidada se toma en serio la idea de que una amistad puede ser uno de los vínculos más importantes de una vida.
Ahí está, para mí, el verdadero corazón de la película.
Porque los amigos también son familia.
No necesariamente porque sustituyan a la familia de sangre, sino porque son las personas con las que construimos una parte de nuestra historia. Son quienes conocen versiones de nosotros que quizá nadie más conoció, quienes estuvieron presentes en determinados momentos y quienes convierten experiencias ordinarias en recuerdos que terminan acompañándonos durante años.

Por eso la memoria tiene un papel tan importante dentro de la historia. El verdadero miedo de Jo y Raissa no es únicamente quedarse atrapadas en una isla; es perder aquello que las convirtió en quienes son juntas. La película convierte esa idea en su conflicto central y encuentra ahí una metáfora bastante efectiva sobre el paso a la adultez.
La isla olvidada no es una película perfecta. Su guion puede ser predecible, en ocasiones intenta abarcar demasiado y algunos de sus conflictos se resuelven con mayor facilidad de la que uno esperaría. Pero sus virtudes pesan precisamente porque la película tiene claro qué quiere hacer sentir.
Es una aventura visualmente ambiciosa, con una identidad cultural que le da frescura, un doblaje protagonista que funciona mejor de lo que el concepto de “star talent” podría hacer pensar y, sobre todo, una historia que entiende que crecer no significa olvidar quiénes fuimos.

Algunas aventuras se recuerdan por sus grandes batallas. Otras, por sus mundos fantásticos. La Isla Olvidada quiere que recordemos a las personas con quienes vivimos esas aventuras.
Y quizá ahí está su mejor idea: que la familia también puede ser elegida, que los amigos también dejan una huella y que, mientras sigamos compartiendo recuerdos con las personas que queremos, de alguna manera nunca seremos olvidados.
