Moana, el nuevo live action de Disney, ya en cines
Moana es de esas películas que entras a la sala de cine con las expectativas bastante bajas por el historial reciente de los live action de Disney y terminas encontrándome con una película que, aunque no alcanza la magia de la original, sí conserva lo más importante: su corazón.
La comparación con la versión animada es inevitable y, en mi opinión, sale perdiendo. Hay historias que simplemente nacieron para ser animadas, y Moana es una de ellas. La fantasía, la expresividad de los personajes y la libertad visual hacen que ese formato siga siendo el ideal para contar este tipo de aventuras. En acción real, algunos momentos pierden parte del encanto y del sentido de maravilla que la película de 2016 transmitía con tanta naturalidad.

Gran parte de lo bien que funciona esta adaptación se debe a Catherine Lagaʻaia. Es su primer papel protagónico en el cine y, aunque por momentos se percibe que todavía está dando sus primeros pasos como actriz, nunca se siente fuera de lugar. Al contrario, transmite la determinación, la vulnerabilidad y la calidez que necesita Moana, y termina sosteniendo la película con mucho carisma. También sorprenden las escenas con su familia. John Tui y Frankie Adams aportan una dinámica muy natural y emotiva que fortalece uno de los temas centrales de la historia: el vínculo con las raíces, la comunidad y la familia.
Pero quien realmente se roba la película es Rena Owen como Tala, la abuela de Moana. Cada vez que aparece en pantalla, la historia adquiere una sensibilidad distinta. Tiene una presencia enorme y consigue que sus escenas sean las más emotivas y memorables de toda la película.
Con Dwayne Johnson hay sentimientos encontrados. Su carisma sigue intacto y es difícil imaginar a otra persona como Maui, pero esta película también confirma algo: funciona mejor como actor de voz que interpretando físicamente al personaje. El Maui de la película animada tiene mucha más personalidad, humor y encanto; su interpretación únicamente con la voz sigue estando, por mucho, por encima de la versión en acción real.

Si algo sigue funcionando de manera extraordinaria, es la música. Las canciones escritas por Lin-Manuel Miranda continúan siendo el corazón emocional de la historia. How Far I’ll Go, su reprise y I Am Moana representan los tres momentos más importantes de la película. La primera expresa el conflicto entre lo que Moana desea y lo que siente que debe hacer. El reprise marca el instante en que deja de dudar y decide seguir su propio camino. Finalmente, I Am Moana comienza desde la derrota, pero poco a poco se transforma en un recordatorio de quién es realmente y de todo lo que lleva dentro. Son escenas que siguen emocionando gracias a la fuerza de sus letras y a cómo acompañan el crecimiento del personaje.
Al final, Moana sigue siendo una historia sobre encontrar el equilibrio entre nuestros deseos y nuestras responsabilidades, entre honrar nuestras raíces y atrevernos a descubrir quiénes somos. Ese mensaje permanece intacto, y por eso la película sigue conectando.

No es el mejor live action de Disney y tampoco reemplaza a la original. La animación sigue siendo la mejor forma de contar esta historia. Pero es una adaptación respetuosa, emotiva y mucho más cálida de lo que esperaba. Salí del cine con una sonrisa y con la sensación de haber visto una película familiar que entiende por qué la versión original significó tanto para tantas personas.
Créditos para Jorge Aceves por la reseña.
